Diario Vasco
Tres jóvenes hinchas lucen su camiseta del Eibar en unas escaleras mecánicas que salvan las pendientes que hay en la ciudad. / FERNANDO GÓMEZ

La infantería del Eibar

  • El Eibar, el club profesional más modesto, irrumpe en Primera con un discurso revolucionario

  • El conjunto armero tiene el campo, el presupuesto y los sueldos más reducidos de Segunda, pero ya es equipo de Primera

  • El Eibar refleja como ningún otro club las virtudes de la ciudad armera

Si los dueños del Eibar fuesen de Bilbao seguro que a estas alturas habría ya varios estudios de arquitectos trabajando a contrarreloj en el diseño de un estadio de campanillas para reemplazar el modesto campo de Ipurua. Si por el contrario fuesen de San Sebastián, lo más probable es que estuviesen enzarzados en una disputa sobre si hay o no que tirar el histórico estadio. Eibar, a medio camino entre ambas capitales (a 47 kilómetros de Bilbao y a 57 de San Sebastián), representa también el punto intermedio entre el expansionismo vizcaíno y la introspección guipuzcoana. Territorio al fin y al cabo fronterizo, aglutina lo mejor de ambos mundos y es la demostración empírica de que, como acostumbraban a decir los clásicos, la virtud está en el punto medio.

Pero vayamos por partes. No se trata de hacer una disección del carácter de los eibarreses, que también. Se trata sobre todo de intentar explicar cómo demonios se ha podido colar en la liga de las estrellas, entre una colección de jugadores obscenamente ricos y de equipos acostumbrados a derrochar a manos llenas el dinero que no tienen, un club que paga a casi toda su plantilla el salario mínimo del convenio de la Segunda División y, sobre todo, que no tiene deudas. Es el Eibar un equipo que se identifica como pocos con la ciudad a la que representa, una localidad metida con calzador en medio de un angosto valle rodeado por montes verdes que es conocida por la laboriosidad y el carácter emprendedor de sus habitantes. Durante siglos vivió de la fabricación de armas -de ahí que se llame la ciudad armera-, pero al acabar la Primera Guerra Mundial tuvo que reinventarse por completo y dar un cambio de orientación a su actividad productiva.

El ya fallecido Mario Onaindia, que pasó su infancia a caballo entre Eibar y Lekeitio, contaba en sus memorias que en Eibar no se sabía muy bien cuál era el límite entre la casa y el taller. Muchos trabajadores se llevaban la faena a sus domicilios para darle allí los últimos retoques, de suerte que en los portales se acumulaban desde cajones con cuerpos de escopetas que necesitaban ser pulidos a montones de ruedas de bicicletas con los radios pendientes de un apretón. La actividad fabril era frenética y en ella participaban codo con codo patrones y empleados. Es Eibar una localidad en la que el gusto por el trabajo bien hecho atenúa las diferencias sociales e iguala a empresarios y asalariados lo mismo en la fábrica que en la sociedad gastronómica.

Hay algunos hitos históricos de los que se sienten especialmente orgullosos. El más conocido es que fue en el balcón de su casa consistorial donde se izó por primera vez la bandera republicana en 1931. Los eibarreses se anticiparon un día a la proclamación oficial de la República debido al peso que siempre han tenido en la ciudad los ideales liberales. La mezcla de tradición fabril e igualitarismo hizo de Eibar una de las plazas fuertes del socialismo con la aparición de una corriente específica de carácter integrador mucho menos beligerante con el nacionalismo que sus homónimos vizcaínos. Esa seña de identidad se mantiene a día de hoy: a pesar de los vaivenes electorales puntuales -Bildu fue el pasado domingo el partido más votado- la ciudad sigue gobernada por un alcalde socialista.

Aunque de población mediana, unos 27.000 vecinos, no es una localidad que haya pasado nunca desapercibida. En los sesenta se encaramó a la cabeza de la lista de las ciudades con mayor renta de España. De aquellos tiempos queda un dicho que los más veteranos aún citan con ese humor entre ingenuo y burlón que salpica los diálogos entre eibarreses: «Eibar es como Bilbao pero con más dinero». Desde entonces ha perdido población y músculo industrial, pero aún figura en posiciones ventajosas en las estadísticas. Prueba de su importancia estratégica es que cuando El Corte Inglés tomó la decisión de instalarse en Gipuzkoa no lo hizo en San Sebastián sino en Eibar.

Dormir en colchonetas

La Sociedad Deportiva Eibar surge de la fusión de dos clubes locales en 1940 y adopta los colores azul y rojo porque recibe un lote de viejos uniformes del Barcelona que habían quedado en depósito de la Federación Guipuzcoana de Fútbol. Nunca ha sido -ni lo ha pretendido- un equipo de relumbrón; se conformaba con modestas marcas como la de ser el que más temporadas seguidas ha militado en Segunda. Los jugadores se forjaban en Ipurua, pero sobre todo en el autobús, su medio de transporte natural. Los futbolistas dormían en el trayecto -llevaban colchonetas hinchables y goma espumas- y a su llegada a Eibar se dirigían sin pasar por casa a sus trabajos. El hoy madridista Xabi Alonso, que jugó como cedido en el equipo, suele contar que algunas de las mejores lecciones que ha recibido vinieron de la mano de su entonces compañero Carlos Artetxe, que al acabar los partidos tenía que incorporarse al turno de su fábrica. Un baño de realismo en el espejismo del fútbol profesional. También David Silva, otra estrella que dio sus primeros pasos en el Eibar, ha dedicado alabanzas al espíritu de camaradería que se respira en la plantilla.

«Aquí el nosotros siempre está por encima del yo», proclama Jesús Gutiérrez, un historiador que forma parte de una comisión que prepara el 75 aniversario del club, el año que viene. Es curiosa la coincidencia entre los mensajes de estos días de jugadores y directivos: el triunfo del Eibar, dicen, es el triunfo de la honradez, el sacrificio y el grupo. El colectivo siempre por encima de la individualidad, una estrategia de supervivencia básica de la infantería cuando se enfrenta con enemigos que son mucho más poderosos. «Un día llegó a entrenar un jugador cedido por un club grande en un deportivo descapotable y enseguida vimos que iba a ser difícil que encajase; efectivamente, a los meses tuvo que dejarlo», concluye a modo de parábola el mismo Gutiérrez.