La manopla de Dmitrovic, clave

Dmitrovic, en el partido ante el Eibar. /EP
Dmitrovic, en el partido ante el Eibar. / EP
J. A. Rementería
J. A. REMENTERÍA

Un punto en un partido que no me cansaré de calificarlo de rocoso, rocoso. Se intuía que iba a ser realmente de mucho contacto, de mucha lucha por cada balón, de nula creatividad, de largos desplazamientos. Fue lo que se preveía. Me venían imágenes del pasado, hace tiempo que no asistía a un enfrentamiento con tantas interrupciones y apenas juego, con un predominio absoluto de lo físico, ni combinaciones ni jugadas elaboradas. Advirtió en la previa Mendilibar que salir indemne de El Sadar iba a ser «una tarea de mucho esfuerzo y máxima concentración», un escenario donde hay que aprovechar todas las oportunidades. Visto lo visto, el empate hay que darlo por bueno. En definitiva, es sumar.

Se mantuvo la portería a cero, otro objetivo nada desdeñable. Regresar de un desplazamiento sin encajar es para congratularse. No obstante, el estilo de juego del Eibar es arriesgado, cualquier transición o contragolpe del rival supone peligro. Cada vez que el Eibar ejecutaba una posesión y Osasuna robaba, los hombres de Mendilibar sufrían en el repliegue, se generaba incertidumbre. El técnico armero se desesperaba dando indicaciones a diestro y siniestro, especialmente a los cuatro de la zaga. El Eibar es un equipo que vive de sus bandas, de sus asistencias al área y de su presión ordenada, y precisamente ayer estuvo lejos de los preceptos que predica. Osasuna, mejor dicho, Jagoba Arrasate, sabía cómo hacer daño al Eibar. El técnico de Berriatua conoce sus debilidades y sabe cuál es la estrategia para superar el sistema de Mendilibar. A punto estuvo de sorprenderles, no anduvo lejos. Las aperturas a banda, los pases en profundidad buscando a Marc Cardona y Chimy Ávila, y las penetraciones de Roberto Torres generaron dudas al Eibar. Si hay un hombre al que hay que destacar es al portero Dmitrovic, que sacó una mano providencial a un remate de Ávila que fue clave. El cancerbero evitó lo que pudo ser el gol de la derrota. Una acción rojilla, producto de lo que estoy hablando, con una rápida salida que no fue contrarrestada pudo suponer que la victoria se quedara en el remozado feudo navarro.

El juego ofensivo del Eibar fue nulo porque Osasuna no se lo permitió. El único jugador con marcada individualidad en las filas armeras fue Orellana, pero no pudo asociarse porque no encontró la reciprocidad de ninguno de sus compañeros. En los dos primeros partidos de este inicio liguero, el Eibar ha acusado la falta de un distribuidor, no se ha destapado nadie con esa característica. La figura de un referente que haga de bisagra es necesaria y más cuando se trata de un equipo que todo su fútbol pivota en aperturas a banda buscando la finalización en el área. Era obvio que Mendilibar iba a hacer cambios, el mal cuerpo con el que se quedó en Mallorca tendría consecuencias, la derrota en la isla fue dura.

No me sorprendieron para nada las variantes empleadas en la defensa, dejando a Ramis en el banquillo, lo mismo que a Correa. Sergio Álvarez, que hizo un gran partido ante los navarros, pasó del pivote a la defensa central, se posicionó por la derecha; Arbilla de lateral izquierdo y Tejero de lateral derecho. Primeras modificaciones con respecto a la primera jornada. En la sala de máquinas dos hombres con marcado tono defensivo: Diop, que retornó tras superar su lesión, hizo pareja con Escalante, un binomio que no me supuso sobresalto alguno. Y en bandas, Pedro León se quedó sin la titularidad para apostar por De Blasis. Una circunstancia que entraba dentro de la lógica para un partido donde tanto Osasuna como Eibar se anularon. Un punto que hay que darlo por bueno. Ahora hay que pensar en la siguiente salida ante el Atlético en el Wanda, que será muy difícil.