El Eibar, con la miel en los labios

Vídeo: Resumen del empate del Eibar en el Wanda Metropolitano.

El debutante Borja Garcés impidió el triunfo armero con el único disparo que el meta serbio no repelió

LETIZIA GÓMEZ

Frenesí total en el Wanda. Eibar y Atlético terminaron repartiéndose un punto en la prolongación de un partido vibrante, en el que los armeros pasaron de poder caer goleados de no ser por la estratosférica actuación de Dmitrovic, a saborear el triunfo tras el gol de Enrich en el minuto 87, y finalmente a tener que firmar las tablas por culpa de un gol en el 94 del nuevo 'Niño' rojiblanco, el debutante Borja Garcés. Si alguien es capaz de sintetizar más lo ocurrido en la soleada matinal en Madrid se merece un café completo a cuenta de una servidora, que no dio abasto para apuntar todas y cada una de las acciones que dejó una cita que dejó media docena de paradas de todos los colores del meta serbio, tres largueros, dos de ellos a cargo de los azulgranas y dos goles en los instantes finales. Lo dicho, delirio total en el primer aniversario del nuevo campo colchonero.

Es verdad que el Eibar se quedó con la miel en los labios de poder saborear la que habría sido la primera victoria ante los colchoneros en Primera, pero no es menos cierto que también se podría haber vuelto a casa con un saco repleto de media docena de goles antes de que la nueva perla rojiblanca evitara la catástrofe en el único disparo local que no se estrelló ante el meta azulgrana, más súper héroe que nunca.

La actuación de Dmitrovic fue algo de otro mundo. Su seis estelares intervenciones a jugadores de la talla de Griezmann, Koke, Godín y Diego Costa son para recopilar en un vídeo y que todos los preparadores de porteros se las enseñen a sus pupilos. El serbio maravilló al mundo con sus reflejos y elasticidad, al tiempo que sacó de sus casillas a un rival que se caracteriza por no perder nunca la paciencia. Fue infranqueable hasta que un error de marcaje en el último suspiro demostró que es humano y no sobrenatural, como había parecido serlo durante los 93 minutos anteriores.

Dmitrovic no pudo salvar los tres puntos que el tanto del renacido depredador Sergi Enrich había llevado de manera provisional al casillero armero a solo tres minutos del final, pero sin él los armeros ni siquiera habrían podido soñar con la posibilidad de salir vivos de Madrid. Porque el equipo rojiblanco fue una apisonadora que se estrelló contra un muro.

El disparo desde la frontal de Cote que se estrelló en el larguero a los ocho minutos de juego cuando el Eibar apenas había podido tocar la pelota no fue más que un presagio de lo que quedaba por ver. Los de Simeone habían salido programados para resolver por la vía rápida, pero en cuanto vieron que Griezmann no fue capaz de superar a Dmitrovic en una de esas internadas que el campeón del mundo siempre resuelve, y que el portero balcánico sacaba de forma milagrosa un cabezazo picado de Koke a la salida de un córner, empezaron a oler el desastre.

Cuestión de suerte, debieron pensar, pero se equivocaron. Poco después cuando Marko volvió a sacar pasear su capa de súper héroe para repeler con el pecho otro remate a bocajarro de Godín se dieron cuenta que al menos durante la primera mitad se iban a ir sin poder abrir la lata que habían tratado de agujerear por todos los medios posibles. Los armeros se habían atrincherado, porque solo así, trabajando juntos, de manera solidaria y arrastrándose por el barro, podrían rascar algo positivo de una batalla en la que combatían con un potencial inferior.

Pero las guerras no siempre las ganan los más fuertes. El Atlético reanudó las hostilidades enrabietado y dispuesto a enterrar a su enemigo con sus bombas teledirigidas con máxima precisión, pero bastaron otros dos minutos para comprobar que el escudo antimisiles del Eibar seguía activado y que funcionaba a la perfección.

Ni Godín ni el resto de los más de 55.000 espectadores podían dar crédito ante la exhibición de Dmitrovic, al que también le acompañó la fortuna en un remate fallido de Koke en solitario que provocó la ira del serbio hacia sus compañeros. No podía encargarse él solo de frenar al Atlético.

Giro de los acontecimientos

Y esa bronca que se oyó desde la campa de Arrate y la decisión de Mendilibar de dar entrada a Escalante y Sergi Enrich, cambiaron el curso de los acontecimientos. Viendo al Atlético desmoralizado, el Eibar dejó de parapetarse en su área e inició una serie de escaramuzas que dejaron ver que la conquista del Wanda no era una misión imposible.

En pleno acoso azulgrana, Arbilla soltó un cañonazo que solo el larguero pudo rechazar y, aunque no pudo conseguir su objetivo, sí que logró que el equipo y la parroquia rojiblanca entraran en pánico. Tenían más y mejores armas que los azulgranas, pero el Eibar seguía teniendo a un Dmitrovic inconmensurable que volvió a evitar dos goles cantados a Griezmann y Diego Costa.

Con solo cuatro puntos en el marcador y con cinco de desventaja ya respecto a los otros candidatos al título, el empate no les valía. Pero ni los grandes se libran del peso de la presión. El reloj corría de su contra y el equipo eibartarra se le estaba subiendo a las barbas.

El Eibar se percató de que era el momento de aprovechar la desesperación local. Se lanzó a tumba abierta y, aunque De Blasis desperdició la ocasión de generar un contragolpe que pintaba letal, el argentino supo aprovechar la oportunidad que le había brindado Mendilibar al darle la alternativa a las primeras de cambio para colar un centro al área, allí donde estaba Sergi Enrich, que le robó la cartera a Godín para batir a un Oblak que hasta entonces no había tocado el balón.

Los rojiblancos protestaron por una posible mano del balear, pero no hubo ni necesidad de recurrir al VAR. El tanto subió al marcador y la ilusión desbordó de tal manera a los eibarreses, que les sobrepasó. Los tres minutos que quedaban para el final se convirtieron en siete tras los cuatro que añadió el árbitro y, aunque aguantaron seis que parecieron una eternidad, en el último el Atlético derribó la pared que tanto se le había resistido. Borja Garcés debutó salvando a su equipo del desastre total.

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