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S. D. Eibar: Una década de otra gesta memorable

Jugadores y aficionados festejan el ascenso a Segunda en el terreno de juego de Ipurua.
Jugadores y aficionados festejan el ascenso a Segunda en el terreno de juego de Ipurua. / FÉLIX MORQUECHO
  • Solo un año después de descender a Segunda B tras 18 años en la categoría de plata, el Eibar recuperó su sitio en una agónica eliminatoria ante el Rayo

  • Se cumplen diez años del ascenso a Segunda de Manix Mandiola

Han pasado ya diez años desde que el Eibar firmara otra de esas gestas que adornan su historia y que llenan de amor propio a su afición. Solo un año después de haber sufrido un traumático descenso a Segunda B tras 18 años seguidos en la categoría de plata, el equipo armero volvió a recuperar el sitio que le correspondía en una agónica eliminatoria con el Rayo Vallecano. En este caso el sentimiento de orgullo fue incluso más intenso si cabe, porque el artífice de ese histórico ascenso fue Javier Mandiola, un entrenador de casa, del pueblo, que junto a su plantel de jugadores hicieron que la ciudad armera viviera uno de los Sanjuanes más apoteósicos que se recuerdan. Aunque el txupinazo de las fiestas se había lanzado en la víspera, pero fue el pitido final el que sonó de manera más estruendosa.

Manix lo recuerda como si fuera ayer «y eso que han pasado muchas cosas en el club desde entonces». Para él es sin duda lo más vibrante que ha vivido en su larga trayectoria como entrenador. «Fue algo agónico y quizás por eso también resulta más especial. Para el aficionado que no llega a los 30 años y que ha vivido muchas emociones, tres ascensos, dos a Segunda y uno a Primera, le puede parecer hasta normal, pero yo solo he vivido ese ascenso». Todo el peso de la responsabilidad recayó sobre sus espaldas y, aunque las tiene anchas, confiesa que fue un peso difícil de sobrellevar. «La responsabilidad pesa mucho. Siendo del pueblo, ilusionar a la gente y que se transforme en un triunfo es una presión terrible. No es lo mismo ir de mercenario a otro equipo. Aquí estaba en casa y tenía miedo a fallar. Al final salió bien y, sin duda, es lo más emocionante que he vivido como entrenador».

En aquel 24 de junio del 2007, Ipurua vivió uno de los días más memorables de su historia. Más de 5.300 almas estuvieron presentes en la mejor entrada desde la remodelación de 1998. Después de superar una dramática eliminatoria ante el Hospitalet con gol fantasma de Codina incluido (0-0 en Barcelona y 2-0 en Ipurua), el Eibar debía remontar un gol adverso encajado en la ida de la eliminatoria decisiva cuyo rival fue el Rayo Vallecano. El conjunto azulgrana cuajó un gran partido en Vallecas, pero dos postes, un larguero e incluso un penalti que Alberto le detuvo a Mikel Etxabe llenaron de espinas el duelo de la vuelta.

Pero el Eibar sacó la garra que le caracteriza y protagonizó un explosivo inicio en Ipurua. El preparador eibarrés volvió a confiar en su once de gala, compuesto por Zigor; Fagoaga, Alaña, Gurrutxaga, Etxabe; Lombraña, Rubén García; Codina, Eneko Romo, Eizagirre; e Iñigo. Puro corazón sobre el césped, que generó un huracán que barrió del campo al Rayo. Para regocijo de todos los presentes, salvo el millar de seguidores rayistas que poblaron la antigua tribuna norte, para el minuto 28 de juego ya había dado la vuelta a la eliminatoria gracias a un recordado gol de Ander Alaña de falta directa en el 25 y un cabezazo de Eneko Romo -a pase de Codina- en el 27.

El resto del partido fue un ejercicio de inolvidable sufrimiento para los jugadores y afición eibarresa. El Eibar se tuvo que defender ante el asedio de un Rayo, que de haber marcado, habría arrebatado el ascenso a los guipuzcoanos. El pitido final supuso una explosión de júbilo que se extendió por toda la ciudad. Las lágrimas que el año anterior se derramaron por pura desolación, se tornaron en una alegría incontenible. El fútbol devolvía al Eibar lo que se merecía.

Recuerdos imborrables

Ahí comienzan los recuerdos más imborrables que conserva Mandiola. «La bajada al Ayuntamiento montados en el camión de la brigada fue algo espectacular, porque estaba todo el pueblo volcado. Nunca antes se había visto algo así». Todo el sufrimiento vivido durante toda la temporada se borró de un plumazo, aunque lógicamente el preparador que los sufrió no olvida «los malos momentos que pasamos durante toda la temporada, porque ser favoritos no implica ganar siempre». Hubo derrotas dolorosas, baches que amenazaron con poner en peligro el camino hacia el ascenso, pero el Eibar quedó campeón de su grupo y aprovechó la primera oportunidad que se le presentó para volver al que era su hábitat natural.

Manix se ganó el derecho a debutar como entrenador en Segunda y también se apuntó una permanencia de la que se siente muy orgulloso. «Nos salvamos en Segunda, algo que antes era normal, pero que después se demostró que no lo era, porque al año siguiente se volvió a bajar y luego costó cuatro promociones subir».

Él fue el que dio un paso al lado, pese a que Jaime Barriuso le pidió encarecidamente que siguiera después de asegurar la permanencia. «Me sentía un privilegiado, pero la responsabilidad de ser del pueblo era un sinvivir, y decidimos que lo mejor era tomar otro camino».

Con él se inició el camino que el Eibar ha seguido para llegar hasta lo más alto en el fútbol, aunque él prefiere considerarse «una pequeñísima parte de la historia que he tenido la suerte de vivir y disfrutar. Lo dejé porque no quería ser el entrenador que bajara de nuevo equipo».

Ahora la gloria la está viviendo su amigo José Luis Mendilibar, aunque sabe que todo puede ser muy efímero. Por eso, solo da un consejo: «Disfrutar de lo que viene porque somos unos privilegiados de tener un equipo en Primera. El fútbol es ilusión y el Eibar la está generando».

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