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El Eibar se complica la octava plaza

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Sergi Enrich, en un lance del partido. / MORQUECHO

  • Cae derrotado en Ipurua (0-1) ante el Sporting de Gijón, al que la victoria no le sirve y desciende a Segunda División, y se jugará esa posición ante el Barça en el Nou Camp

La fiesta de fin de curso acabó con la decepción de un Eibar que rifa su octava plaza y las lágrimas de todo el sportinguismo, que pese a ganar en Ipurua, ve cómo su equipo se marcha a Segunda después de que Leganés y Dépor puntuaran en sus partidos ante Athletic y Villarreal.

Fue el peor desenlace posible para los dos. Los armeros eligieron el peor momento para dejar en la caseta su caracter competitivo, y a los rojiblancos, que sí cumplieron con su cometido, no les funcionó la carambola que necesitaban para seguir agarrados a la categoría.

Primero se esfumó el sueño europeo y ahora se diluyen las opciones no solo de conservar la octava plaza, sino también de poder conservar al menos la novena posición. El semblante serio de los armeros al término del choque era un reflejo de la realidad. Son conscientes de que tienen al Alavés pegado con los mismos 54 puntos y con uno menos al Espanyol pisándole los talones, pero solo los ellos tienen la misión casi inalcanzable de tener que ganar en casa de un Barcelona que se juega sus últimas opciones de lograr el título liguero.

Sus dos perseguidores lo tienen mucho más fácil para pasarle por la izquiera y por la derecha, puesto que el Alavés visitará a un Leganés que ya tiene la permanencia en su bolsillo, en tanto que el Espanyol acudirá al feudo de un Granada que lleva de vacaciones prácticamente toda la temporada.

De la esperanza a la desazón

Con todo lo que se jugaba el Sporting se esperaba que el cuadro gijonés saliera a morder, cual animal enrabietado que al menos va a morir matando, pero cuando no se ha hecho los deberes durante todo el año, tener que sacar el curso en los dos últimos días de colegio puede provocar fuertes retortijones. Por eso, y porque el equipo azulgrana también tenía en juego el prestigio de ser el octavo mejor equipo de la categoría, el partido arrancó con un cuadro azulgrana lanzado a tumba abierta y un rival aterrado por recibir un gol que habría supuesto su muerte súbita.

Por cómo transcurrieron los diez primeros minutos, parecía que el conjunto gijonés se daba por muerto de antemano y que los eibarreses tendrían un plácido paseo hacia su objetivo. Con apenas dos pases y un centro marca de la casa de Pedro León hacia el segundo palo, la escuadra de Mendilibar ya mandó su primer aviso serio. Inui había cabeceado hacia atrás el pase del murciano, dejando el balón franco para el remate de Adrián, que se marchó fuera por muy poco.

El madrileño quería agradecer la titularidad que le brindó el técnico de Zaldibar en su último partido en Ipurua para despedirse de la afición azulgrana con un nuevo gol que añadir a los siete que había marcado anteriormente. Se le fue la primera a los tres minutos y lo volvió a intentar cinco después cuando Capa le sirvió un pase desde la perpendicular del área, pero esta vez, y pese a que afinó su puntería, estrelló su cabezazo en el larguero.

La descarga eléctrica que recibieron los del Sporting en ese instante les hizo ver que con esa actitud encorsetada con la que habían encarado el choque les conducía derechitos a Segunda. Ahí cambiaron las tornas. Los visitantes sujetaron sus nervios, ordenaron sus posiciones, se hicieron con el balón y se lanzaron con todo y a por todas.

Entonces sí se vio a un equipo que se agarra con fuerza a la vida aun sabiendo que tenía la guadaña sobre su cabeza. Cuando apenas te llega el aire a los pulmones, una dosis de oxígeno, por muy pequeña que sea, te devuelve la esperanza, y el Sporting resurgió y se puso en pie pese a que el colegiado anuló el gol que Carmona anotó en posición antirreglamentaria. La decepción que supuso celebrar un tanto que no subió al marcador no hizo sino convencerles de que ése era el camino que tenían que seguir.

Con el Eibar desorientado y sin poder darse cuenta de por dónde soplaba la brisa, el Sporting apenas necesitó unos pocos minutos más para aprovechar el pasillo que Moi Gómez abrió con un pase entre líneas y que Burgui culminó con un zurdazo cruzado ante la parsimonia de Capa y Gálvez.

A los sportinguistas y a los casi 300 seguidores rojiblancos que, como ellos, aún mantenían la esperanza de obrar el milagro, se les abrió el cielo. Todo iba como soñaban. Ellos necesitaban ganar y lo estaban haciendo. También precisaban que el Leganés perdiera y eso era lo que ocurría en San Mamés, mientras que también deseaban que el Deportivo no venciera en Villarreal y el marcador reflejaba un empate a cero. Y aún pudieron retirarse al descanso con una mayor renta tras un remate de Cop, pero su pírrica victoria les bastaba para seguir soñando.

Sin la esperada reacción

La fuerza que imprime la necesidad de seguir con vida se había impuesto a las ganas de redondear una gran temporada. Al Eibar le quedaba toda la segunda mitad para evitar tener que depender de la obligación de puntuar en el Camp Nou, con lo que eso supone. La arenga de Mendilibar pareció surtir efecto en otro inicio espumoso que se saldó con un intencionado disparo de Enrich, un cabezazo de Lejeune en el córner posterior y un disparo de Juncà, que se llenó de balón.

Pero de nuevo, las urgencias del Sporting volvieron a castigar un conformismo armero desconocido esta campaña. Pese a que los rojiblancos eran plenamente conscientes de que el empate que el Leganés estaba firmando en Bilbao le empujaba de manera definitiva al abismo, los gijoneses buscaron con ahínco certificar su triunfo por si los bilbaínos, que también lucen sus colores, resolvían en San Mamés.

Oportunidades no les faltaron, porque Cop tuvo toda la portería para él para rematar un pase de Sergio Álvarez y la mandó fuera, y Mikel Vesga y Carmona también pudieron ampliar un triunfo que resultó inútil para ellos y que pone en serio riesgo ese octavo puesto por el que suspiraban los eibarreses. Las lágrimas de los asturianos se entremezclaron con la decepción de los azulgranas, que saben perfectamente que han subastado un objetivo que tenían al alcance de su mano.

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